La Condena [6]

La Condena

Capítulo Anterior: [5] La Sinfonía

Capítulo 6. La Estatuilla

Al principio me resultó imposible evitar sospechar que mi trastocada mente estaba jugándome una vez más otra de sus infames y despiadadas jugarretas, pero de pronto, cuando la hermosa música se detuvo y pude escuchar con fina claridad aquellos apocados porrazos detrás de la madera del pórtico, supe de inmediato que no estaba alucinando; no esa vez. Me quedé inmóvil por un momento, contuve la respiración y esperé atento, hasta que los insistentes sonidos simplemente cesaron. Pensé entonces en volver a mi asunto, pero la curiosidad comenzó a lijar mis más hondos tejidos. Al final decidí dejar la soga y abandonar las alturas. Caminé sigilosamente hasta la entrada y abrí mi puerta con aguda vertiginosidad.

No había nadie allí.

Salí al pasillo y me asomé por las escaleras, mas fue totalmente en vano. Me quedé ahí en el barandal por un par de minutos, contemplando la funesta calma desde lo alto. Cuando decidí volver al apartamento, justo antes de atravesar el portal noté a mis pies un misterioso paquete. Dudé por un segundo, pero terminé llevándolo adentro.

En un principio, no tuve intención alguna de develar su contenido, así que sólo lo dejé con desidia sobre la acartonada almohada, fumé otro cigarrillo y volví a la cuerda. Cerré los ojos antes de saltar, cuando una tétrica sensación comenzó de pronto a cercenarme por la mitad. Sigo siendo incapaz de describir exactamente lo que experimenté en aquella ocasión; fue como si hubiera alguien en la habitación conmigo, acechándome, llamándome. Al final no pude proseguir; no lograba ensimismarme lo suficiente como para arrancarme la fútil vida. Desvelé entonces mis exhaustas pupilas, volví a tocar suelo y me dirigí hacia la cama; pensé que tal vez no debía marcharme de este mundo sin antes aniquilar mi creciente incertidumbre. Así que examiné al intruso, y desaté con plácida impaciencia el enrevesado atadijo que circundaba el astroso harapo pardo que resguardaba al enigma.

En cuanto lo miré, me invadió por completo una visceral impresión de perplejidad reveladora. Era una especie de exótico ídolo tallado en madera, una clase de estatuilla desfigurada con una penetrante y escalofriante mirada. Jamás había visto algo similar.

La sostuve entre mis manos por varios minutos, o tal vez horas, atisbando fijamente aquellas insondables cavidades que figuraban sus ojos.

Cuando por fin pude romper las ataduras del aprehensivo trance, supe que era demasiado pronto para darme por vencido. Tomé mi abrigo, resguardé la lúgubre reliquia en el bolsillo izquierdo y salí una vez más a las enajenadas calles. Mi febril travesía culminó en el archivo del condado, donde pasé largas horas sumergiendo mi entumecida nariz en infinidad de trasnochados y arrinconados libros.

Necesitaba respuestas. Lamentablemente, antes de que pudiera hallar siquiera alguna, cayó la taciturna noche y con ella la hora del cierre. Cuando caí en cuenta, ya era yo el único que quedaba todavía en el suntuoso recinto.

Salí entonces al cobijo del firmamento y comencé mi desencantado retorno a casa. El bulevar estaba completamente solitario, salvo por la implacable luna ambarina y las alborozadas luciérnagas que me hacían remota compañía.

De pronto, a la mitad del trayecto, algo sedujo mi exigua atención: un desfallecido resplandor danzante al final de un callejón estrecho que nunca antes había notado. En realidad no tenía intención alguna de desviar mi camino, pero en cuanto di el siguiente paso una cautivadora y paralizante corazonada me embistió sin misericordia; fue como si algo recóndito y subrepticio me demandara que diese implacable caza a aquella alucinante y solitaria luz…

Así lo hice.

Siguiente Capítulo: [7] La Silueta
2014 Derechos Reservados © Daniel Reynoso Gállego

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