La Condena [4]

La Condena

Capítulo Anterior: [3] La Urgencia

Capítulo 4. La Noticia

En cuanto escuché sus lacerantes palabras, todo comenzó a dar vueltas y vueltas en mi aturdida cabeza. No lograba concebir del todo lo que estaba escuchando, así que decidí ignorarlo por completo; no tenía sentido en lo absoluto. Intenté nuevamente atravesar aquella condenada puerta cetrina, mas ahora consumido por una asoladora histeria que se esparcía por cada centímetro de mi cuerpo, pero entonces una vez más él se interpuso en mi camino. De un momento a otro comenzaron la turbación y los forcejeos, hasta que apareció de la nada la hermana de mi amada, quien había presenciado todo desde un oscuro rincón al otro lado del solemne corredor. Recuerdo que se aproximó suavemente hacia mí, sofocando el suntuoso silencio con la viva reverberación de sus altos tacones. Me cogió del brazo con formidable sosiego y de inmediato me sacó de aquel embarazoso lío. Tomamos asiento a un par de metros y allí, junto a la máquina expendedora, con una voz inquietantemente dulce, paliativa, me terminó de explicar: su hermana ya no quería verme… nunca más.

Tan solo recordarlo me cala los huesos.

Jamás había escuchado un discurso más devastador, más amargo; no puedo olvidar la tremenda sensación que experimenté, como si me desgarraran desde el interior con inicua voracidad. Permanecí allí sentado asimilando la funesta noticia por una diminuta eternidad, exhibiendo un desconcertante e inmenso vacío en el fondo de mis pupilas; fue como hospedar un eclipse mortuorio, justo en mi mirada.

Mi primera reacción fue pretender fortaleza, como lo había hecho toda mi vida, pero en ese momento no pude siquiera intentarlo. Me sentí de pronto tan vulnerable, tan frágil, como si ambicionara suspender el inminente derrumbe de un peñasco colosal con tan solo mis desnudas y endebles manos; mis ojos se anegaron de inmediato.

Finalmente caí en cuenta de que realmente lo había estropeado todo y que ya no habría marcha atrás.

Después de yacer inmóvil por no sé cuánto tiempo, drenando hasta la última gota de mi desbordante aflicción, por fin me puse en pie, sequé mi calado rostro con la manga de mi estriada camisa y, antes de dar la vuelta y abandonar el recinto para jamás volver, les supliqué con desgarradora desdicha en mis palabras un único favor: que le hicieran saber a ella, cuando lo consideraran apropiado, que yo había ido a verla.

Por supuesto, nunca lo hicieron.

Siguiente Capítulo: [5] La Sinfonía
2014 Derechos Reservados © Daniel Reynoso Gállego

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