Memorias de un Primer Amor [8]

Memorias de un Primer Amor

Capítulo Anterior: [7] CUATRO

Capítulo 8: Tres

Me encontraba cautivo en una misteriosa alcoba de cristal, gigantesca, incapaz de hallar alguna puerta o ventana; era imposible escapar. De pronto un sonido me distrajo. Era mi celular que sonaba en medio de la noche. Desperté.

No me molesté en ver la hora. Ni siquiera abrí los ojos; sólo extendí mi brazo y contesté, todavía somnoliento. Al principio no reconocí su voz; era ella. Se oía intranquila, angustiada.

No me quiso explicar en ese momento lo que sucedía. Sólo me dijo que le urgía hablar conmigo, que necesitaba conversar con alguien de confianza, que no sabía qué hacer. Al final acordamos encontrarnos a la mañana siguiente en una pequeña cafetería cerca de mi hogar, y entonces colgué el teléfono. Me costó mucho trabajo volverme a dormir.

Los rayos del sol colándose entre las persianas fueron los que me despertaron; tarde, por supuesto. La verdad ni siquiera recordaba haber hecho un compromiso durante la noche, pero para mi suerte ella me había enviado un mensaje de texto justo después de que hablamos, para posponer nuestra cita un par de horas.

Nunca había entrado a ese lugar. Siempre que pasaba por ahí lo veía, pero jamás había despertado mi interés. Además, no suelo salir a tomar café.

Llegué temprano; es la ventaja de vivir a sólo dos calles. Ella tuvo un pequeño retraso, pero al final apareció. Cruzó la puerta del local con cierta ansiedad y me buscó desesperadamente con la mirada. Le tomó casi un minuto hallarme, ya que había demasiada gente y además yo me encontraba sentado en una de las mesas del fondo. Tuve que agitar el brazo en el aire para que me viera.

Cuando se acercó lo suficiente me puse de pie; sonrío, me abrazó con fuerza y luego se sentó conmigo. Pidió un café expreso. Sinceramente, yo no quería tomar nada, pero ordené un café americano sólo por hacerle compañía.

No se veía tan intranquila como esperaba, pero definitivamente había algo en su semblante que no estaba bien. Sus ojos brillaban de una manera muy peculiar, como si hubiese estado llorando toda la noche. Fue un momento algo incómodo. Estaba allí a mi lado, sin decir una sola palabra, mirando fijamente un punto invisible en la inmensidad. Yo me puse nervioso, no sabía qué hacer, qué decir.

Entonces llegaron nuestras bebidas. Ella se notaba distraída, perdida. Jugueteaba con la cuchara, ahogándola una y otra vez en el ardiente café. Dio un par de sorbos y entonces se atrevió a hablar.

No sé qué hacer, en verdad”, me dijo, con un tono de voz muy frágil y sutil, “Me siento como atrapada, inmovilizada, atascada entre dos espesas murallas”.

No fue necesario decirle que no tenía idea de lo que me hablaba; mi rostro daba claramente el mensaje. Me comentó que las cosas con él no marchaban muy bien. Apenas llevaban tres meses juntos.

Él me dice que me ama, y lo hace con tanta sinceridad en su mirada. Yo le he dicho que siento lo mismo, porque pensé que era así, pero ahora, ya no estoy segura de que este sentimiento sea en verdad amor.

Lo quiero mucho, y es muy importante para mí. Cuando estoy a su lado me siento tan feliz; cuando me abraza o me toma de la mano, cuando me habla al oído, cuando me dice que me quiere o cuando leo una de sus cartas, me siento tan amada, tan querida.

“Pero, la verdad, creo que no puedo hacer lo mismo, no puedo quererlo así. No sé qué es lo que pasa conmigo, no sé si sea miedo o algo más, pero me siento tan limitada, tan gélida. Quisiera poder entregarme como él lo hace, pero algo dentro de mí me lo impide y no sé qué hacer”.

Procuré escucharla con atención, comprender su delicada situación y pensar en cómo ayudarla. Pero no era nada sencillo. Después de un rato, y de dos cafés más, terminó de hablar, suspiró hondo y me miró. La verdad no soy muy bueno con esto de los sentimientos, y en ese instante me sentí aprisionado en una tremenda paradoja, ya que ella aguardaba por un consejo, y no se me ocurría qué decir.

Me quedé callado, absorto, tratando de aclarar mi pensamiento. La situación era más complicada de lo que había imaginado. Ella estaba tan cerca de mí, con sus ojos tan húmedos y sus manos tan inquietas, respirando fuertemente a mi lado, suplicando por mi ayuda, y yo me encontraba paralizado, incapaz de contestar. Verla así me estremecía, me enchinaba la piel.

Creo que mis propios sentimientos me impedían pensar con claridad. Al final le dije que tal vez debía alejarse, tomarse un tiempo para estar sola y definir lo que sentía realmente por él.

Fui breve. No sabía qué más hacer. Se quedó dubitativa un rato pero al final sonrió ligeramente, me besó en la mejilla y me dio las gracias. Entonces nos despedimos; ya era tarde.

Regresé a casa, subí las angostas escaleras y entré al baño con la intención de cepillar mis dientes. Cuando me coloqué frente al espejo, al verme reflejado a media luz, algo extraño me pasó. Una horrible sensación me abrazó por completo: me sentí sucio. Me desconocí. No estaba seguro de haber hecho lo correcto, de haberle aconsejado bien.

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2011 Derechos Reservados © Daniel Reynoso Gállego

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