Memorias de un Primer Amor [7]

Memorias de un Primer Amor

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Capítulo 7: Cuatro

No puedo creerlo: ya no están juntos. Hace una semana, justamente el día en que fuimos a comer todos los amigos, ella terminó con él. No pensé que fuera a pasar tan pronto.

Justo el día anterior ella le llamó por teléfono para decirle que quería discutir con él algo serio, pero que pensaba hacerlo cara a cara. Él no estaba seguro de lo que pasaba, pero estuvo de acuerdo en llegar más temprano para verla.

Todos nosotros habíamos quedado de reunirnos a las dos de la tarde. Ellos se vieron antes, para conversar. Él estaba para entonces bastante intrigado. De hecho no pudo dormir esa noche.

Se vieron en un pequeño parque local cerca del punto de reunión. Él había arribado desde temprano y la esperaba sentado en una pintoresca banca metálica, bajo un monumental encino de triste follaje y frágil coraza. Ella llegó y se sentó a su lado. Él la abrazó y la sujetó con fuerza. No dijo una sola palabra, pero su mensaje era muy claro. No quería dejarla ir. Sabía que algo andaba mal. La miraba fijamente al rostro; sus pupilas se agitaban levemente, con incertidumbre. Ella sólo yacía allí, con sus manos sobre sus rodillas y la mirada por los suelos, en completo silencio.

Era una imagen muy singular, como una fotografía, un instante capturado en película. Parecían un par de antiguas estatuas de bronce en medio de un sagrado recinto. Descansaban allí, tan cerca pero tan distantes, sentados en medio de la nada; las aves celebraban el caluroso día y el viento jugueteaba con la copa de los árboles. Entonces de pronto los labios de ella se entreabrieron ligeramente. Comenzó a hablar.

Le dijo que no se sentía muy bien, que percibía una especie de percance en su relación. No estaba segura de lo que era, pero se sentía insegura, titubeante. En realidad no se explicó muy bien. Le dijo que necesitaba estar sola para encontrar las respuestas a su vacilación.

Él no supo qué responder. Estaba verdaderamente desconcertado por la nebulosa situación. Prefirió mantenerse en silencio, atento al discurso de su amada.

Ella insistió en que tenía que aclarar su mente y resolver ciertas dudas dentro de sí, antes de poder seguir con lo que ellos dos estaban construyendo juntos. Le dijo que, por el momento, necesitaba un tiempo para salir de la confusión.

Él, a pesar de rehusarse completamente a lo que ella demandaba, no pudo más que apoyarla y decirle, por lo mucho que la amaba, que estaba de acuerdo. Le dijo que le brindaba su apoyo y que esperaría con ansias el día en que ella se acercara nuevamente a él y le dijera “he vuelto”.

Ella sonrío ligeramente, agradecida. Él la abrazó con mucho sentimiento y besó su frente.

Al poco tiempo empezamos a llegar los demás. Cuando hice mi aparición ya estaban, además de ellos dos, tres amigos más. Al principio no lo noté, pero estaban distantes. Cuando entramos al pequeño restaurante se sentaron juntos, pero creo que no fue por decisión propia. Yo estaba junto a ella, y después de varios minutos, en lo que esperábamos a que nos sirvieran nuestros alimentos, me percaté que algo andaba mal. Él no podía dejar de mirarla, mientras ella sólo lo evitaba: platicaba conmigo y con los demás. Sus ojos se escapaban furtivamente.

Salimos del lugar bastante tarde. De hecho ya iban a cerrar. Todos empezaron a despedirse y a tomar su camino. Yo fui de los últimos en marcharse, ya que estaba esperando una llamada que definiría mi siguiente destino.

Poco antes de que sonara mi teléfono, mientras esperaba en aquel crucero, vi que ellos se despidieron de una manera singular: él la sujetó del rostro y besó su frente suavemente. Ella sólo cerró sus ojos, para después besarlo en la mejilla y decir adiós. Entonces abordó su transporte. Él se quedó ahí de pie a un lado del camino, mirando fijamente aquel destartalado autobús, y cuando lo perdió de vista metió las manos en los bolsillos de su pantalón y empezó a caminar, en la misma dirección, con la mirada clavada en el asfalto frente a él.

Yo estaba al teléfono cuando presencié esa nostálgica despedida, desde el otro lado de la acera. Me quedé perplejo, tanto que ni siquiera escuché cuando mi padre me dijo que estarían con mis tíos, y que debía alcanzarlos allá. Lo recordé demasiado tarde, justo al llegar a mi casa y no encontrar a nadie.

No fue sino hasta hoy que volvieron a hablar.

Ella estaba en casa, mirando la televisión con su abuela cuando el timbre sonó. Se levantó y caminó lentamente hacia el sólido portón metálico y lo abrió. De pie frente a la fachada había una esbelta figura, demacrada, con una mirada agónica y un semblante decrépito. Era él. Le pidió que saliera un momento. Ella se quedó sin aliento, y aunque en el fondo no quería, no pudo negarle tal petición.

Caminaron en silencio un par de calles y luego de un rato se sentaron en la banqueta. Él le dijo que no soportaba su ausencia, que la necesitaba, que la extrañaba demasiado y que no se sentía capaz de seguir así. Ella sólo bajó la mirada y suspiró.

Él trató de abrazarla pero ella se resistió. Le explicó que realmente necesitaba estar sola y que no quería verle por un tiempo. Le suplicó que no le hiciera eso, que no la buscara.

Él, aunque trató de controlarse, no pudo evitar derramar algunas lágrimas. Simplemente no entendía cómo es que aquello tan maravilloso, que había comenzado apenas cuatro meses atrás, se encontraba ahora en semejante encrucijada. No sabía nada sobre la confusión por la que ella estaba pasando y no quería apartarse, pero la amaba tanto que le era imposible decirle que no.

Al final él se levantó y se desvaneció en el horizonte. Ella volvió a su casa y se sentó a comer con sus padres, quienes acababan de llegar.

Él regresó a su hogar, caminó casi arrastrándose hasta su habitación, con la mirada completamente ennegrecida, cerró lentamente la puerta con llave y simplemente se dejó caer sin piedad sobre su colchón, para quedarse allí, con su cara contra la almohada, por el resto del día.

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2011 Derechos Reservados © Daniel Reynoso Gállego

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