La Mantícora [7]

La Manticora

Capítulo Anterior: [6] ESCUCHANDO AL CORAZÓN

Capítulo 7: Viviendo el Sueño

Bajo cientos de lunas se reunieron, siempre en el mismo lugar y a la misma hora, y fundieron sus labios en medio de la siniestra pero romántica niebla nocturna, con los ancianos robles como sus cómplices, sus testigos.

Ella estaba perdidamente enamorada de su salvador. No había instante en que no le pensara. Pasaba los días siempre ansiosa, esperando a su próximo encuentro. Era feliz, viviendo el sueño.

La Mantícora

No sabía su nombre, no conocía su historia. No terminaba de entender por qué su guardián no podía abandonar el viejo bosque, pero en realidad no le importaba demasiado, siempre que pudieran estar juntos. Era ella quien debía salir en busca de él, para encontrarse cada noche y consumar su romance.

En realidad, en todo ese tiempo que pasaron juntos, muy pocas palabras llegaron a pronunciarse entre ellos. La mayoría de sus encuentros fueron fugaces, ya que esas eran tierras peligrosas.

Durante las últimas semanas, varias personas habían desaparecido misteriosamente de sus hogares, sin dejar rastro alguno. Los rumores y las conjeturas inundaban los pasillos y callejones del pueblo, y el temor se esparcía rápidamente entre la muchedumbre. La gente estaba convencida de que sólo había una explicación: las mantícoras.

En más de una ocasión se enviaron brigadas de rescate durante el día a lo más profundo de la frondosidad, en busca de la gente perdida, pero nunca hubo suerte. La cifra de desaparecidos ascendía a más de treinta, la mayoría de ellos jóvenes.

Los padres de ella, preocupados por las terribles noticias que circulaban últimamente, decidieron prohibirle a su hija que pusiera un pie fuera del castillo después de las siete campanadas. Aunque, a pesar de lo mucho que honraba y respetaba a sus progenitores, ella se sintió incapaz de acatar semejante limitación.

Por varias semanas, bajo el cielo estrellado, ella se escapó sigilosamente de casa para encontrarse con su salvador, sin ser descubierta jamás, hasta que una noche, una de esas frías noches de enero, eso cambió. Nunca se supo realmente la causa, pero aquella madrugada el padre de la joven se mostró muy enfermo. La madre, asustada, se levantó y se dispuso a salir al pueblo en busca de un médico. Antes de abandonar el recinto, entró en la habitación de su hija para informarle la situación, pero, para su sorpresa, la chica no estaba en cama. Se había escabullido al bosque.

Las cosas se complicaron muchísimo después de eso. No sólo se estaba poniendo en peligro a sí misma al salir del castillo a esas horas, sino que estaba afectando y preocupando al resto de su familia.

Debía hacerse algo al respecto, y así fue. A pesar de los reclamos, el llanto y la tensión, ella fue obligada a permanecer en su habitación, bajo llave, desde el atardecer hasta el amanecer.

Pasaron días, semanas, y ella simplemente no podía escapar. Estaba desconsolada, desesperada. Ansiaba ver a su amado, a su guardián, pero era imposible. Pasaba las noches en vela, mirando la luna desde su altísima ventana, pensando en él.

Una de aquellas melancólicas noches de reclusión, cuando ya estaba a punto de caer perdidamente dormida, escuchó un extraño ruido en su balcón…

Siguiente Capítulo: [8] ROMPIENDO EL ESPEJO
2011 Derechos Reservados © Daniel Reynoso Gállego

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