La Mantícora [6]

La Manticora

Capítulo Anterior: [5] ANSIANDO EL REENCUENTRO

Capítulo 6: Escuchando al Corazón

Esos terribles monstruos, las mantícoras, acechan en lo profundo del bosque…”, recordaba ella mientras se adentraba de nuevo en la maleza. Aquellos hombres dijeron que sólo era una leyenda, pero aun así, una tétrica sensación recorría su sutil espalda mientras caminaba nuevamente entre los robles.

El sol todavía rozaba con su alba la copa de los árboles. Ella, desde el día que supo la historia, decidió que sería más seguro volver antes del atardecer. Así que ahí estaba, poco después de que la torre de la iglesia tocara las cinco campanadas. Visitó aquella roca, como en cada ocasión, y esperó allí. Más tarde, guiada por la curiosidad, decidió regresar a aquel tronco caído donde presenció el majestuoso concierto, aunque no estaba segura de qué camino tomar.

Para cuando encontró el lugar, ya los búhos armonizaban la atmósfera. Encontró aquel arbusto en flor, y, cuando estaba a punto de atravesarlo, de pronto oyó un ruido extraño al otro lado. Trató de mirar, en silencio: una enorme sombra, entre los robles. Era imposible, con tal oscuridad, interpretar lo que estaba frente a sí, aunque pudo escuchar un estremecedor y crudo crujir, como de huesos quebrándose. Entonces, junto con una fúrica lluvia, un relámpago agredió al cielo, revelando la escena.

Ahogada completamente en pavor, salió corriendo, sin mirar atrás, huyendo de esa visión. Quería gritar pero el vértigo se lo impedía. Sólo podía correr y correr.

Pocos minutos pasaron antes de que se cansara y cayera débil en el musgo. No podía más. Estaba empapada, exhausta, asustada. Trató de guardar silencio y escuchar los sonidos del bosque: no la seguían.

Intentó incorporarse, pero no podía. Se había torcido el tobillo al caer. Con dificultad se las arregló para llegar a una gran piedra bajo las sombras de un enorme árbol, y se sentó allí. La lluvia había cesado ya, pero sus ojos no paraban de precipitar. Trataba de resistir el dolor de sus heridas, pero era demasiado. Entonces, después del séptimo intento de ponerse en pie, escuchó una rama romperse justo detrás. Había alguien con ella.

Estaba a punto de dejarse llevar por el pánico, pero unas fuertes manos la sujetaron de los hombros. Era él, el guardián.

En un instante se calmó. Esa pesada mirada, tal como la recordaba, la tranquilizó de inmediato. Se sentía tan confundida, tan nerviosa, tan aterrada y excitada. Podía sentir fortaleza y seguridad emanando de él. Tenía tanto que decirle, que preguntarle, y sin embargo no podía articular palabra de tanta emoción. Él la soltó y dio un paso atrás. Ella no le dejaría marcharse, no de nuevo, así que le sujetó del brazo, y le miró el rostro.

Se vieron a los ojos por tiempo indefinido. Fue un momento mágico, sin igual. De pronto él interrumpió el trance y dijo con una profunda voz: “Sígueme“. Recorrieron un largo sendero entre los viejos robles, sin versar una sola palabra, hasta que llegaron al final, a la frontera del bosque.

Ve a casa“, dijo él. “El trayecto es seguro desde aquí“. Faltaban pocos minutos para las diez, y seguro sus padres la esperaban preocupados.

Cuando él estaba a punto de irse, ella le detuvo de nuevo y le dijo extasiada: “Gracias“. Él simplemente asintió con la cabeza, aún oculta bajo una oscura capucha.

¿Cuál es tu nombre?“, le preguntó ella. Él se mantuvo en silencio unos segundos y luego pronunció: “No puedo recordarlo.

Debo irme ahora“, dijo él. Entonces ella, guiada completamente por su corazón, se aproximó lentamente a él y le besó.

Volvió al castillo, mojada, sucia y herida, pero con una enorme sonrisa. Tomó una ducha y se fue a la cama. Quedó dormida reviviendo en su cabeza aquel beso, hasta que, de pronto, se dio cuenta de algo peculiar: un extraño sabor en los labios de su guardián.

Siguiente Capítulo: [7] VIVIENDO EL SUEÑO
2011 Derechos Reservados © Daniel Reynoso Gállego

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