La Condena [10]

La Condena

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Capítulo 10. La Condena

No logro evocar cuántos tragos de rancio coñac había ingerido para entonces; sólo recuerdo el suave y seductor jazz acariciando con quimérica ternura mi abrasadora decadencia.

En algún momento de la infausta velada, cerca de la hora más oscura, tomaron asiento a mi lado dos recónditas siluetas. Yo estaba tan ensimismado, tan abstraído en aquel íntimo mar de desdichada soledad, que no me percaté hasta mucho más tarde, cuando la música se detuvo y los escuché charlar, que se trataban de mi amada y su forastero pretendiente.

Después de un rato, él se ausentó por un momento; ella y yo nos quedamos completamente solos. Estábamos tan cerca que yo lograba distinguir, incluso entre los intensos hedores de cigarro y alcohol, aquel singular y apacible aroma tan suyo. Mas fui totalmente incapaz de dirigirle siquiera una modesta palabra; mi garganta se había sellado por mi sádico maleficio. Intenté rozar entonces su pierna con mi maltrecha rodilla; sin embargo, fracasé.

El mayor de mis males estaba aún por ser develado.

Después de un par de minutos, su amante volvió a la mesa, besó su frente y la abrazó desde atrás con desbordante adoración. Hasta aquella funesta e inmortal ocasión nunca había conseguido más que columbrar vagamente su misterioso semblante, pero cuando pude verlo allí, tan cerca, tan claro, no pude evitar desmoronarme por completo ante la traumática impresión. Él era yo.

Entré en un profundo y desenfrenado pánico; no lograba comprender. Volví a inspeccionar, esta vez con mucho mayor detenimiento y así lo constaté: ese peculiar individuo era yo, el yo de hacía algunos cuantos años, cuando mi cándida mirada aún alojaba esa vivaz brillantez.

Fue entonces que resonaron estridentes en mi desconcertada mente mis puntuales palabras ante la maléfica hoguera humeante: “que mi querida encuentre a aquel que esté destinado a hacerla feliz por el resto de sus días…”

No fue sino hasta dicho nefasto y catastrófico evento que concebí la verdadera atrocidad de aquel furtivo conjuro infernal. Empero, ya era demasiado tarde.

Siempre había estado escrito que yo sería el auténtico amor de su vida, el ufano causante de su flamante alegría. Pero fueron mi ficticia indiferencia, mi embrollado juicio y aquello que engañosamente llamaba orgullo, los perversos verdugos que lapidaron para siempre mi única esperanza.

Ésta es mi condena, mi averno sepulcral. He sido sentenciado a pasar el resto de mis deleznables días contemplándome a mí mismo en la distancia, a lado de mi amada, sin ser capaz siquiera de sentir de nuevo su tersa piel, o de besar sus dulces labios. Estoy condenado a ser perpetuo testigo de la espléndida dicha de aquellos jóvenes enamorados, de verlos envejecer juntos, sin poder jamás experimentar en mi propio vientre siquiera una pequeña pizca de su ferviente felicidad.

Sin embargo, lo que más me hiere, lo que más me resquebraja el asolado corazón, es saber que nunca podré mirarla directo a sus bellos ojos pardos y contarle todo sobre el colosal y supremo sacrificio que al final realicé, a pesar de mi atroz soberbia, sólo por hacerla feliz.

2014 Derechos Reservados © Daniel Reynoso Gállego

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