La Condena [1]

La Condena

Capítulo 1. La Contienda

Habíamos tenido apenas otra extenuante discusión. A la fecha no puedo evocar con precisión el motivo de aquella nuestra última contienda, mas ciertamente, en ese momento, no me pareció ser algo de notable seriedad. Era increíble lo frecuentes que se habían vuelto nuestras bravías peleas en esos últimos meses. Para entonces era difícil sospechar, si simplemente nos hubiesen advertido por la calle sin conocer nuestra historia, que alguna vez fuimos la pareja más feliz que habría existido jamás.

Sin embargo, allí estaba ella una vez más, inconsolable, reteniendo con sus últimas fuerzas las agitadas aguas que luchaban por desbordarse de sus bellos ojos pardos. A pesar de su intensa lucha, de sus extraordinarias agallas, al final había alcanzado irremediablemente ese temible punto en el que uno sencillamente decide abandonar el combate, dar la espalda y alejarse para nunca volver.

Así que sin reparo, sin meditación, tomó sus cosas y, con el maquillaje todo estropeado, me masculló entre suspiros y lamentos que ya no podía tolerar más ese dolor, ese insufrible tormento. Yo estaba molesto, turbado; recuerdo que no pronuncié palabra alguna. Sólo me quedé allí mirándola con ficticia indiferencia, desde un rincón de la habitación, con los brazos anudados como si sujetara con firmeza mi atroz soberbia contra mi pecho. Dejé que se marchara.

No volví a verla sino hasta después del embrujo.

Indudablemente había sido mi culpa; ahora lo sé. Siempre me he creído un buen hombre, pero lamentablemente, en aquel entonces, solía dejarme llevar por la imprudencia hasta terminar incluso muchas veces ahogado en un insondable foso lleno de mi propio egoísmo, de mi irracionalidad. Supongo que ella no lo había notado, al menos allá en los viejos tiempos cuando todavía era capaz de sentir en sus adentros aquello que a ustedes los prosaicos les fascina llamar amor; o tal vez creía que sería algo con lo que podría vivir.

Ella ha sido la mujer más noble que jamás haya conocido, lo juro. Desde el primer día a mi lado me entregó pleno su cariño, su devoción. Siempre antepuso mi felicidad a la suya, esperando con conmovedor anhelo que llegara el día en que alcanzáramos la consonancia.

Yo, en cambio, a pesar de mis igualmente prístinos y nobles sentimientos (porque la amaba y la amo como a nadie en este mundo) tenía en aquellos tiempos esa lóbrega faceta, como si una densa nube renegrida me hiciera eterna sombra. Mi perspicacia era filosa como el alfanje y mi sangre viscosa como la brea. Pero la verdad es que yo la adoraba con todo mi ser, muy a mi manera, aunque por desgracia no podía evitar fracturarle poco a poco el corazón, astilla por astilla, aun sin darme cuenta, cada vez que me dejaba ceñir por aquellos mis fieros demonios.

Al final ella, simplemente, ya no pudo más.

Siguiente Capítulo: [2] La Angustia
2014 Derechos Reservados © Daniel Reynoso Gállego

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