Corazón Resquebrajado

Los rayos del sol llevaban ya casi una hora escurriéndose a través de las estrechas separaciones entre las persianas de su habitación, entibiando y alumbrando parcialmente los motivos del deformado edredón que ocultaba todavía su turbia silueta. Su alarma nunca sonó; el reloj despertador, taciturno, insulso, contemplaba el sombrío vacío con desvelo. Sus agujas se habían tullido por completo y para siempre justo a las 4:17 a.m.

Antes de partir, sus padres llamaron a su puerta un par de veces, como cada mañana, para evitar que se quedase dormido y llegase tarde al colegio. Sin embargo, ese luctuoso viernes él simplemente no les respondió.

Ninguno de los dos se tomó la molestia de intentar abrir su puerta y asediar su descanso… no hasta que volvieron del trabajo, después de una extensa jornada, y encontraron todavía bloqueada la entrada de su alcoba. Todo aquel tiempo él estuvo allí, así, con el rostro hacia abajo aprisionado contra la almohada y una de sus manos sobresaliendo apenas por un costado del colchón, cubierto hasta el cuello, inmóvil, extraviado.

Le llamaron sin cesar desde el exterior de su habitación, atizando contra la puerta cada vez más fuerte, mientras intentaban con desesperación forzar la cerradura. Fueron sin duda los diecinueve minutos más largos de sus vidas.

Después de una búsqueda extenuante en la bodega debajo de las escaleras, al final hallaron una copia de las llaves del cuarto de su hijo, arraigadas a un horrendo pez espada de plástico estropeado y pálido, ocultas en el pretérito y polvoriento arcón donde también resguardaban desde hacía varios años ajadas medallas y ambarinos documentos de naturaleza infausta.

Una vez que lograron atravesar el umbral y situar pie en el lóbrego dormitorio, el pellejo de sus exhaustos brazos se erizó por completo como sólo una vez lo había hecho, muchos años atrás, aquel día cuando supieron que serían padres.

Se quedaron totalmente paralizados durante un par de segundos, o tal vez horas, oteando la penumbra con ojos desorbitados; parecía que él seguía justo allí, en su lecho, boca abajo y a cubierto, pero no estaban del todo seguros. Entonces encendieron la luz y el misterio se evaporó.

Allí estaba él, sin ningún movimiento, excepto por los más finos cabellos de su castaña cabeza que danzaban cordiales con el álgido céfiro de invierno que se filtraba ahora por el recién quebrantado portal; las gélidas sábanas bajo su espeso cuerpo, enrevesadas y empapadas, lo acogían con vehemencia, con devoción, mientras que su mano, tiesa y blanquecina, pendiendo apenas por un flanco, le hacía dócil sombra al teléfono celular que yacía moribundo sobre la tibia alfombra plomiza.

La causa de su muerte era más que evidente: su corazón se había resquebrajado.

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