Memorias de un Primer Amor [10]

Memorias de un Primer Amor

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Capítulo 10: Cero

Nunca sabré si fue sólo una fortuita coincidencia o una elaborada jugada del místico destino lo que los hizo cruzar su camino, pero de algo estoy bien seguro: definitivamente cambió el curso de sus vidas para siempre.

Cuando entré a la universidad, hace no mucho, me recuerdo nervioso, ya que comenzaba una etapa nueva y sabía que me vería rodeado de extraños rostros, desconocidos. Vaya sorpresa me llevé cuando descubrí, el primer día, que no me encontraba solo. Ella, a quien conocía desde la preparatoria, estaba en el mismo grupo que yo. Me dio tanta alegría saber que estaría a mi lado.

Con él fue otra historia. La primera vez que lo noté se veía tan serio, tan enigmático. Tomaba asiento en la parte posterior del salón de clase y parecía que nunca hablaba con nadie. En ese momento jamás hubiera imaginado que nos volveríamos amigos, hasta el final.

Después de algunos meses lo conocí, no recuerdo muy bien cómo. Creo que todo comenzó por un trabajo en equipo, o algo así. Al poco tiempo y, sin sospecharlo, me volví una persona importante para él.

De hecho sus vidas se trenzaron gracias a mí. Aunque hay veces en las que siento, en el fondo de mi ser, que al final todo fue mi culpa.

Poco a poco empezaron a tratarse, primero en la escuela y luego fuera de clase. Conversaban por Internet, se enviaban mensajes de texto. Luego se hablaban por teléfono.

Un día, viernes, él le dijo que quería invitarla a comer. Ella, aunque al principio titubeó ligeramente, aceptó. La verdad me asombró bastante: nunca había aceptado una propuesta para salir, ni siquiera mía. Confieso que me sentí un poco celoso.

Al día siguiente, sábado ocho, se vieron desde temprano. Él pasó por ella a su casa y caminaron un rato, al principio sin rumbo cierto. En realidad no hablaban mucho; estaban nerviosos: era la primera vez que estaban solos. Él, en lo profundo de su ser, se moría por tomarla de la mano, y de hecho hizo varios intentos que resultaron fallidos; le ganaba el pánico. Quería confesarle sus sentimientos, pero sus nervios lo traicionaban. Temía por el rechazo.

En la tarde fueron a un bonito restaurante en el sur de la ciudad. Contaba con una singular decoración temática e incluso tenía una antigua gramola completamente funcional. Se sentaron frente a frente en una mesa al fondo del pasillo, en un alejado rincón. En varias ocasiones durante la comida podía vérseles juguetear furtivamente con la mirada. Él la veía de reojo, cautivado por su sonrisa, hasta que ella lo notaba y volteaba. Entonces miraría en otra dirección. Lo que él no sabía es que ella hacía exactamente lo mismo cuando estaba distraído.

Se quedaron allí por varias horas. El paso del tiempo se había vuelto totalmente imperceptible. Aunque al principio estuvieron muy callados, con el tiempo empezaron a conversar, cada vez más. Charlaron sobre muchas cosas, la mayoría de ellas triviales. Pero entonces, de un momento a otro, él tocó un tema no tan nimio. Algo muy característico de él era su forma de actuar: siempre pensaba minuciosamente las cosas antes de hablar. Era muy metódico; todos sus movimientos eran premeditados, o al menos eso aseguraba él.

Le dijo que había una chica que le gustaba, mucho, pero que apenas la conocía. Le comentó que no sabía qué hacer, porque no estaba seguro de que fuera un mutuo sentimiento. “La verdad soy muy tímido, temeroso. Quiero decirle lo que siento, muero por gritarlo a los cuatro vientos, pero tengo miedo, temo que me rechace; temo arruinarlo. Es complicado”.

Ella se mostró pensativa. Le dijo que su situación le parecía bastante curiosa, ya que ella se encontraba en una encrucijada similar. Había un chico que recién había llegado a su vida, pero ella sabía, sin reparo, que lo único que quería era estar con él.

Tal vez ninguno de los dos lo notó, pero se habían sonrojado. Sus corazones latían con fuerza, desaforadamente. Para ese momento ya no podían mirarse a los ojos.

De pronto una canción romántica comenzó a sonar, una canción que a ella le fascinaba. Él sabía que era el momento.

Le hizo una curiosa propuesta. Le dijo: “hagamos algo: yo te digo quién es esa chica que me tiene loco, y tú me dices el nombre de aquel misterioso chico de tus sueños“. Ella aceptó. Entonces hubo un largo silencio; ambos eran víctimas de una tenue risa nerviosa. Se supone que él revelaría su secreto primero, pero parecía que era incapaz de articular palabra alguna. Sudaba frío, y su pierna se agitaba con vehemencia bajo la mesa, sin cesar.

De pronto tuvo una idea. Tomó el bolígrafo que llevaba en el bolsillo de su camisa, anotó algo en una pequeña servilleta, y la dobló un par de veces. Le comentó que le daba muchísima pena decírselo así que mejor lo escribiría. Titubeó un rato, pero al final extendió su brazo y puso el papel en su mano. Sus ojos exhibían inmensa exaltación; ya no había marcha atrás.

Ella lo miró y, con muchísima curiosidad, comenzó a deshacer los dobleces con sus tersas manos. Leyó.

No podía creer lo que decía aquella excéntrica caligrafía, aquellas densas marcas de tinta oscura: “Eres Tú“.

El rostro de él ardía de angustia. No dejaba de temblar, ansioso, nervioso. Ya estaba hecho, ya se lo había revelado. Ahora sólo restaba esperar. Todo podía pasar.

Entonces ella, con su corazón pulsando al máximo, tomó aquella fina pluma y escribió algo del otro lado. Lo volvió a doblar y se lo entregó con dulzura. “Es mi turno”, dijo temerosa.

El momento crítico había llegado. La verdad estaba justo en sus manos, tan cerca. El desasosiego lo mataba. Miles de sentimientos atravesaban su ser: curiosidad, incertidumbre, pánico, inquietud.

Estuvo varios minutos completamente en trance, incapaz de reaccionar. Ella sólo ansiaba que él se animara y lo leyera de una vez.

Al final se decidió. Estaba a punto de dejarse vencer por el miedo, pero logró armarse de valor y mirar la respuesta. Con una hermosa letra, justo en el centro del reverso de aquella servilleta que ella habría de guardar por el resto de su vida, podía leerse claramente una única palabra: el nombre de él.

Su corazón casi revienta. Estaba tan emocionado, tan afectado; pero algo no le convencía del todo: podía ser él, pero también podía ser alguien más. Su nombre era bastante común.

Se arriesgó. Con todo el terror del mundo, con una extrema inseguridad, trató de tomar su mano, despacio. Ella respondió. Entrecruzaron sus dedos. El mesero los miraba desde lejos, conmovido. Fue como una explosión de luz, como un espectáculo de brillantes fuegos artificiales dentro de un pequeño frasco de cristal. Fue magia pura. Sus corazones latían en sincronía absoluta; sus miradas se alineaban perfectamente; sus manos se fundían y su calor se hacía uno. Entonces él, sin saber a ciencia cierta lo que estaba haciendo, se levantó y se cambió de lugar, al lado de ella. Acarició su rostro y, mirando fijamente sus labios, se acercó despacio, cerró sus ojos, y la besó.

Así fue como todo comenzó. Nunca sabré si fue sólo una fortuita coincidencia o una elaborada jugada del místico destino lo que los hizo cruzar su camino, pero de algo estoy bien seguro: definitivamente cambió el curso de sus vidas, y de la mía también.

Hoy no puedo evitar recordar con profunda solemnidad y tristeza aquella hermosa historia. No puedo evitar derramar un par de lágrimas, no sólo por el fatal desenlace, no sólo porque él se fue para siempre y ya no volverá, sino también porque no se marchó con las manos vacías, no se fue así nada más: se ha ido y se ha llevado el corazón de ella, de la mujer que siempre amaré en silencio.

Ahora sólo quedan las huellas del tiempo. Sólo puedo abrazar estos recuerdos, estos bellos pero tristes recuerdos, estas memorias, mis memorias de un primer amor.

2011 Derechos Reservados © Daniel Reynoso Gállego

2 comentarios en “Memorias de un Primer Amor [10]

  1. Miriam Padilla dijo:

    Me encanto el fin el detalle de la servilleta muy curioso ( me recuerda algo ) xD
    Tienes mucho talento 😀 me gusto mucho la historia y era muy divertida la espera de un capítulo nuevo
    Te mando un gran abrazo con cariño y nuevamente muchas felicidades 😀

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