La Mantícora [13]

La Manticora

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Capítulo 13: Revelando el Secreto

Parecía una pintura, una imagen congelada, aquella escena tan peculiar. Él de pie en lo alto sobre la rama más ancha del roble más longevo del boscaje vasco; ella mirándolo desde abajo, junto a aquella gran roca que tantas veces presenció su amor; el firmamento completamente pardo, sin luna, sin estrellas. Era una sombría noche, vacía, inmaculada. El viento no soplaba; la fauna observaba en silencio.

La Mantícora

Bajó de un salto aterrizando justo frente a ella. Le alzó el rostro y quiso besarla. Ella se resistió. Fue entonces que él descubrió que algo andaba mal.

¿Qué ocurre, amada mía?” le preguntó con una curiosa e intranquila voz. Ella bajó nuevamente la mirada, clavándola en los muertos helechos debajo de sus pies, sin decir una sola palabra.

Él dio un paso atrás, mientras ella se sentaba exactamente en la misma posición que aquella vez, la primera, cuando se escapó de casa con esas zapatillas doradas esperando que la soledad y la tranquilidad del denso follaje le ayudaran a aliviar su dolor.

Él se quedó ahí, preocupado y confundido, mirándola desde la distancia en espera de que dijera algo. Entonces ella, sin estar muy segura de sus palabras, suspiró y empezó a hablar.

No sé. No tengo idea de lo que me ocurre. Busco en mi interior pero no hallo las respuestas. Te amé con todo mi ser pero ahora no estoy segura de lo que siento por ti. Te extraño tanto, te necesito a mi lado, pero siempre estás ausente. Me duele quererte.

Trato de entender, de aceptar que las cosas son de esta manera, que tienes una promesa que sostener, que no puedes estar ahí para mí. Pero a veces pienso que…

Él la interrumpió, murmurando: “No lo entiendes. En verdad que…

Ayúdame a entender, por favor”, exclamó ella con sus ojos ruborizados y sus mejillas empapadas. “¿Por qué no puedes estar a mi lado? ¿Acaso no me amas?, ¿Acaso no me amas tanto como yo te amé?

Entonces él, consternado y desesperado, sin saber qué hacer o qué decir, comenzó a alejarse, a caminar hacia atrás, hasta quedar completamente oculto en las sombras nocturnas. Se hizo, por un instante, un silencio sepulcral que ninguno de los dos habría de olvidar jamás. “¿Dónde estás?” dijo ella, “No puedo verte”. De pronto, de la penumbra saltó vacía esa larga y vejada túnica que siempre portaba él, aterrizando junto a donde ella esperaba embelesada.

Lo siento tanto” dijo desde las sombras, con una voz mucho más espesa y cruda. De un momento a otro comenzaron a escucharse sus pasos, largos y pesados, acercándose lentamente. Una silueta comenzó a dibujarse vaporosa en la oscuridad. Ella se levantó y se acercó cuidadosamente, tratando de distinguirlo en la negrura.

Entonces, él emergió, revelando el secreto.

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2011 Derechos Reservados © Daniel Reynoso Gállego

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