Sangre en las Teclas

Sangre en las Teclas

Corre por mis venas la cruda realidad. Perplejo en la demencia, yazco inmóvil con los ojos vacíos y frescos después de derramar, por tal vez la última vez, lágrimas de salina soledad. Miro sin pensar un punto fijo en el infinito horizonte, con la frente gacha y la vida en el suelo. Me encuentro a mí mismo ausente de mí, lejos de la proximidad, distante en lo más profundo de mi infierno personal, mi pasado.

Desvarían mi sentir y mi pensar, al examinar con la mirada caída aquellos ahora inertes recuerdos de lo que alguna vez fue felicidad. Aquello que alguna vez me permitió encontrar ese sentimiento de paz que el hombre lucha por rozar durante más una vida, aquello que me hizo respirar por vez primera, que me hizo saber quién yo era y dónde me encontraba, hacia donde iba y hasta dónde llegaría. Eso tan grande que vivimos, que se aleja inevitablemente hacia el oscuro pasillo que es el recordar.

Ahora estoy aquí pero no me encuentro presente. Me deslizo suavemente por cada día de aquel fantástico momento que fue estar a tu lado. Miro atento el mundo pero no logro distinguir entre las sombras. Mi cuerpo está ahí, recargado contra aquella enorme muralla que divide el presente del pasado. Siento mi existencia convertirse en pesadez, mientras cristalinas gotas de melancolía brotan incesantemente de mi débil pupila, trazando su decadente camino a través de mi marchita tez.

Miro hacia atrás y no encuentro más que una vida derrochada e inclemente. Después de tanto tiempo de residir en la oscuridad del misterio, he visto una pequeña luz, una pequeña estela de fugaz blancura que me ha mostrado la verdad, que me ha hecho entender por qué estoy aquí ahora, inmóvil con los ojos vacíos y frescos.

He visto una luz que me ha hecho entender la razón de mi pesar, la verdad de mi presente y el valor de mi pasado. Ahora creo saber por qué desvarían mi sentir y mi pesar. Ahora lo sé.

Pero esa luz no me ha traído nada más que una oscuridad más densa, una oscuridad abismal que ahora me abraza y sostiene mi casi muerto corazón entre sus helados y letales dedos. Ahora sé por qué estoy aquí, y me encuentro más hundido en el agujero de la demencia, la soledad y la melancolía en el que he estado inmerso durante una enorme eternidad.

He recibido el más duro de los golpes que la vida me ha de propiciar, y ahora yazco inmóvil mirando sin pensar el infinito horizonte. Sin planearlo, mis labios susurran tu nombre y mis manos rozan tu ausente piel, mientras se preparan para convertir tu calor en solemne música.

Yazco inmóvil frente mi oscuro compañero, imponente instrumento de blancos dientes y negra mirada. Deslizo mis dedos sobre las teclas mientras tristes notas brotan infames hacia el reverberante infinito. Miro tu recuerdo mientras interpreto una melodía de mi invención; una melodía de soledad y locura; de melancolía.

Suicidas caen mis lágrimas para después mezclarse con la sangre que derrama mi corazón sobre este viejo piano que se alimenta de mis sueños y mi fe. Pasan las horas y sigo trazando nuestra vida en armoniosa creación, mientras me extingo poco a poco, hasta el punto de yacer inmóvil con los ojos vacíos y frescos después de derramar, por tal vez la última vez, prístinas lágrimas sobre mi sangre en las teclas.

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