La Condena: 04

La Condena

Capítulo Anterior: La Urgencia

[4] La Noticia

En cuanto escuché sus lacerantes palabras, todo comenzó a darme vueltas y vueltas en la cabeza. No concebía lo que estaba oyendo, así que lo ignoré por completo; no tenía sentido en lo absoluto. Intenté nuevamente atravesar esa condenada puerta, mas ahora consumido por una asoladora histeria que se extendía por cada centímetro de mi cuerpo, pero entonces una vez más ellos se interpusieron en mi camino. Sigue leyendo

La Condena: 02

La Condena

Capítulo Anterior: La Contienda

[2] La Angustia

Apenas se habían escurrido del anticuado reloj de pared un par de minutos cuando comencé a extrañarla. Me recuerdo sentado allí sobre el maltrecho colchón, guarecido en la negrura tras las persianas polvorientas, atento solamente a mi endeble jadeo, siendo la única distracción aquel perseverante chasquido de las fugaces manecillas corriendo sin piedad, arrebatándome mis instantes uno a uno. Sigue leyendo

La Condena: 01

La Condena

[1] La Contienda

Habíamos tenido apenas otra extenuante discusión. A la fecha no puedo evocar con claridad el motivo de la contienda, pero ciertamente, en ese momento, no me parecía ser algo de relevante gravedad. Era increíble lo frecuentes que se habían vuelto nuestras bravías peleas en los últimos meses. Para entonces era difícil sospechar, si simplemente nos hubieras advertido pasando por la calle sin conocer nuestra historia, que alguna vez fuimos la pareja más feliz que hubiese existido jamás. Sigue leyendo

Corazón Resquebrajado

Los rayos del sol llevaban ya casi una hora escurriéndose a través de las estrechas separaciones entre las persianas de su habitación, entibiando y alumbrando parcialmente los motivos del deformado edredón que ocultaba todavía su turbia silueta. Su alarma nunca sonó; el reloj despertador, taciturno, insulso, contemplaba el sombrío vacío con desvelo; sus agujas se habían tullido por completo y para siempre justo a las 4:17 a.m.

Antes de irse sus padres llamaron a su puerta un par de veces, como cada mañana, para evitar que se quedara dormido y llegara tarde al colegio. Pero ese viernes él simplemente no les respondió.

Nadie se molestó en abrir su puerta y asediar su descanso… no hasta las 7:53 p.m., cuando volvieron a casa y encontraron todavía bloqueada la entrada de su alcoba. Todo ese tiempo él estuvo allí, así, con el rostro hacia abajo aprisionado contra la almohada y una de sus manos sobresaliendo apenas por un costado del colchón, cubierto hasta el cuello, inmóvil, extraviado.

Le llamaron sin cesar desde el exterior, cada vez más fuerte, y más fuerte, mientras intentaban forzar la cerradura. Fueron sin duda los diecinueve minutos más largos de sus vidas.

Al final hallaron las llaves del cuarto, atadas sin piedad a un horrendo pez espada de plástico decolorado, ocultas en el pretérito y polvoriento arcón donde también resguardaban desde hacía varios años ajadas medallas y ambarinos documentos de naturaleza infausta.

Una vez que lograron atravesar el umbral y situar pie en el lóbrego dormitorio, el pellejo de sus brazos se erizó como sólo una vez lo había hecho, muchos años atrás, aquel día cuando supieron que serían padres.

Se quedaron totalmente paralizados por un par de segundos, o tal vez horas, oteando la penumbra con ojos desorbitados; parecía que él seguía justo allí, en su lecho, boca abajo y a cubierto, pero no estaban del todo seguros. Entonces encendieron la luz y el misterio sucumbió.

No se movía, excepto por los más finos cabellos de su castaña cabeza que danzaban cordiales con el álgido céfiro de invierno que se filtraba ahora por el recién quebrantado portal; las gélidas sábanas bajo su espeso cuerpo, enrevesadas y empapadas, lo acogían con vehemencia, con devoción, mientras que su mano, tiesa y blanquecina, pendiendo apenas por un flanco, le hacía dócil sombra al teléfono celular que yacía moribundo sobre la tibia alfombra plomiza.

La causa de su muerte era más que evidente: su corazón se había resquebrajado.

Ojos en Llamas: 04

Ojos en Llamas

Capítulo Anterior: Ahogado Murmullo

4. Seísmo Implacable

Eran las seis con diez minutos cuando Salvador despertó de una cabriola, con la respiración perturbada y las pupilas colmadas de horrendo pavor. Su esposa y colega de trabajo, la profesora Ángela, se había levantado apenas dos minutos antes para investigar un misterioso ruido en la estancia que simulaba una enorme mano rascando la puerta, así que no estuvo a su lado cuando su esposo feneció entre sueños.

Sigue leyendo

Fortuna

Es curioso cómo cambian las cosas con el tiempo. Recuerdo que hace poco más de un año tuve una particular revelación, en la que mi concepto de la amistad había sufrido una Profunda Atenuación.

A lo largo de mi vida forjé lazos especiales que me atreví a denominar como “mejores amigos“, por diferentes razones y en distintos instantes. Lamentablemente, después de un tiempo y mirando hacia atrás en reflexión, me di cuenta que esa cautivadora percepción nunca fue más que una audaz ilusión que sólo mis ojos divisaban.

Con los años fui perdiendo interés y esperanza en ese intrépido asunto: la amistad; se deterioró su significado, perdió intensidad, esplendor. Todavía hasta hace poco pensaba que, simplemente, dicha conexión singular era ilusoria… hasta ahora.

No me había dado cuenta, nunca lo planeé ni tampoco lo aguardaba. Pero la verdad es que hoy puedo decir, con una sonrisa en mi rostro, que estaba equivocado; hoy puedo anunciar, sin reparo, que por fin comparto ese vínculo tan especial con una persona en mi vida, y que por primera vez, es un sentimiento correspondido.

Hoy puedo gritar a los cuatro vientos, con un nuevo brillo en mi rostro, que soy feliz porque por fin hallé a alguien a quien puedo llamar con toda confianza y certeza mi “mejor amigo“, o mejor dicho, “mejor amiga“.

No lo imaginaba, y ciertamente no esperaba que sucediera. Simplemente pasó. Y lo mejor de todo es que resulta que, además de (y lo digo con mucho orgullo) ser los mejores amigos, somos novios y amantes.

Sin duda soy el hombre más afortunado.

La hora

Vaya situación tan excepcional, tan bizarra, cuando arribaron los veteranos, a quienes por supuesto nadie había visto en ya varios años, y, acercándose a mí con una indiscreta y audaz sonrisa lastimera, me introdujeron con su más fresca camarada, la virtuosa muerte, con singular arrebato. Un tremendo desasosiego heló mis consumidos huesos: no sabía si lo correcto era saludarle de beso o estrechar solamente su famélica mano.

Tu verdadero camino

Todos nosotros, desde muy temprana edad, nos hemos formado algún objetivo o meta que luchamos por alcanzar con el tiempo, e incluso algunos hasta han llegado a planificar por completo su futuro hasta el día de su entierro.

Muchos creen que el secreto para un amor duradero y feliz es encontrar a alguien que comparta nuestras metas. Eso no es del todo cierto.

La verdad del asunto, para bien o para mal, es que nunca hallarás a otro ser con los mismos sueños que tú. Nunca. Pero no todo está perdido, porque compartir tu vida con alguien no se trata de igualar ilusiones, sino de generar nuevas.

Todos podemos cambiar lo que queremos, lo que buscamos y hacia dónde ascendemos cuando nos dirigimos a la cima. Amar no significa empatar las metas, sino estar dispuesto a dejar atrás algunas de tus ambiciones, y de las suyas, para formar nuevas, como una pareja.

No importa si mueren un par de mis sueños o de los tuyos, si podemos crear unos cuantos que sean nuestros.

¿Cómo saber si estás con la persona correcta?

Es muy sencillo. Si puedes abandonar aquello que siempre deseaste, que siempre anhelaste, con tal de poder pasar tu vida al lado de ese alguien, y estás dispuesto y gustoso de trazar un nuevo futuro y nuevas metas juntos, entonces puedes decir, con plena confianza, que has encontrado tu verdadero camino.

Esos singulares sueños

Sin duda me atrevo a decir que eres maravillosa, y me encanta estar contigo porque nos enlazamos tan bien. Te admiro muchísimo, por tu determinación, tu brillantez, tu talento. Pienso que eres fascinante y me siento muy afortunado y radiante de que seas tú la chica con la que comparto mi sendero.

Te amo muchísimo, más que a nadie, nunca, y me siento incapaz de dejar de pensarte.

Antes solía contemplar únicamente mi individualidad cuando debía de tomar una decisión o analizar una realidad, pero ahora me aventuro a decir que, sin importar qué, pienso en los dos. A tu lado me siento más fuerte, o tal vez debería decir, menos débil.

Esa Mirada

Iluminas mi existencia, me proporcionas una razón genuina para levantarme cada mañana y descubrir mis pupilas. Eres lo primero que invade mi mente al despertar y lo último antes de dormir, sin contemplar además todos aquellos singulares sueños en los que casi siempre logras infiltrarte. Eres mi mejor amiga, mi amante, mi familia; eres mi vida.

Me haces sentir trascendental, valioso; sé que cuando estoy contigo estoy a salvo, seguro. Cuando parece que la soledad me abraza, no es así, porque estamos juntos sin importar la distancia o el tiempo.

Me conmueves por completo cuando me sujetas entre tus brazos con fuerza y me dejas vislumbrar tus sentimientos cálidos y transparentes. Me haces sentir amado y me has hecho llorar de felicidad como nunca nadie lo había hecho, y quiero agradecértelo porque sin duda eres excepcional; somos excepcionales, juntos.

Te amo. Gracias por ser el amor de mi vida.

Mi vida

Quiero hacerte entrega de mi maltrecho corazón porque sé que entre tus brazos sanará y volverá a latir como nuevo. Cuídalo mucho, por favor. Es todo lo que tengo.

He inspeccionado en lo más profundo de tu ser, a través de tus ojos, y he descubierto que tú eres la elegida, y es por eso que he decidido despojarme de mis máscaras, armaduras y defensas, y presentarme completamente desnudo ante ti, con todas mis debilidades a la vista. Te entrego sin titubeo alguno todos mis secretos, mis miedos, mis sueños, mi fe. Son tuyos; soy tuyo.

Dicen que amar consiste en proporcionarle a otra persona las herramientas de la propia destrucción, sabiendo que jamás se valdrá de ellas. No puede ser más cierto.

La verdad es que nunca he confiado tanto en alguien como lo he hecho contigo. Pongo mi vida en tus manos porque en ellas sé que resplandecerá como siempre estuvo destinada a hacerlo, porque mi sendero no está hecho para uno, sino para dos.

Eres mi vida, y lo digo en el sentido más amplio de las palabras.

Ojos en Llamas: 03

Ojos en Llamas

Capítulo Anterior: Efímeras Siluetas

3. Ahogado murmullo

No pasaron más de cuarenta y cinco segundos después del estruendoso alarido de la campana anunciando la sexta hora antes de que Salvador pusiese un pie en aquel anárquico salón donde el grupo de segundo semestre le esperaba.

Al entrar, el ingenuo profesor de bachillerato advirtió una extraña sensación ahogando cada rincón del aula, cuyas paredes blancas y rugosas parecían haber sido rasguñadas con eterna angustia por un desesperanzado prisionero de guerra.

Sigue leyendo

Ojos en Llamas: 02

Ojos en Llamas

Capítulo Anterior: La Profunda Mirada

2. Efímeras Siluetas

La campana chirrió estrepitosamente, como cada mañana a las siete en punto, y todos los alumnos del colegio formaron filas a lo largo del patio principal, colocándose cada grupo frente al profesor que les impartiría su primera lección del día. Salvador se había demorado un poco, pero al final, después de unas cuantas amplísimas zancadas alcanzó a tomar su lugar poco antes de que la directora terminara de dar su tremendo discurso matutino.
Sigue leyendo

Ojos en Llamas: 01

Ojos en Llamas

1. La Profunda Mirada

Era jueves. Salvador se levantó esa mañana con un tenue brío en su solemne semblante. Tenía una especie de expresión de gloriosa grandeza adherida fuertemente a su ligeramente marchita faz; se sentía emocionado, entusiasta, ya que ese día habría de llevarse a cabo un singular intercambio de regalos entre sus alumnos, con motivo de San Valentín. En su interior yacía una especie de utópica quimera donde sus estudiantes se unirían en armoniosa fraternidad.

Sigue leyendo

Humeantes Escombros

Estoy en un punto decisivo; he llegado al límite. Me detengo por un momento y me doy cuenta de que, simplemente, ya no puedo continuar. Hay algo en mi interior que me está matando, poco a poco, como una tremenda plaga que va desgastando mi vitalidad a cada paso, a cada respirar.

Una parte de mí se está marchitando, está arrancando mis fuerzas, me está despedazando.

Debo deshacerme de aquel que te ama, quien de todas formas ya no quiere vivir más. Debo liquidarlo, ejecutar a esta fracción de mí quien de alguna forma te pertenece, este absurdo sujeto quien ahora sólo ansía morir bajo el cobijo de las sombras y el olvido. Con lágrimas en los ojos y con todo el dolor del mundo, me doy cuenta de que debo destrozar a este viejo corazón agonizante, antes de que sea incapaz de hallarlo después entre los humeantes escombros.

Sé que debo acabar con este trozo de mí que tanto te quiere, aunque pierda para siempre lo mejor que alguna vez hubo en mí. Tengo miedo de quedar desgarrado para siempre, irreparable, pero si no hago algo ahora, tal vez no quede nada al final.

Debo envenenar a quien te adora, quien de todas formas ya está muerto, muerto desde que te fuiste para nunca volver. Temo por lo que vendrá cuando esto acabe, cuando cumpla con el trabajo; temo por lo que quedará de mí cuando me deshaga de lo único que me hizo realmente sonreír.

Puede que mi mirada se vuelva turbia y mis entrañas se sequen para siempre; puede que mi espíritu se apague y no haya marcha atrás, pero no hallo otra salida de esta monstruosa tempestad: si debo volver a las fauces de la oscuridad para seguir en pie, entonces así será.

La pluma fuente

Regresé al hotel con las pocas fuerzas que me quedaban, temblando de angustia; apenas y podía estar de pie. Fue difícil atravesar las puertas del vestíbulo en medio de la noche: me ardía terriblemente la cara y todo se veía extremadamente borroso. La verdad no sé si había alguien allí que me hubiese visto, y en realidad ni siquiera me importó. Avancé con dificultad hasta el ascensor y presioné el botón con fuerza, pero al final preferí subir por las escaleras ya que no podía soportar la amarga espera.

Caminé sin mirar atrás, me detuve frente a la puerta 203 y busqué en los bolsillos de mi gabán por la llave del cuarto. Mi respiración se hacía cada vez más intensa y mis ojos custodiaban desenfrenadamente ambos lados del pasillo. Me tomó más de un minuto abrir y entrar, ya que no podía concentrarme siquiera. En cuanto lo hice, cerré de golpe con mis cansadas espaldas y me dejé caer sobre la cálida alfombra. Entonces comencé a llorar.

No tengo idea de cuánto tiempo estuve ahí en la penumbra drenando mi desesperanza; se me hizo simplemente eterno. Ya había dejado de temblar cuando intenté levantarme, pero no tuve éxito. Entonces me arrastré hasta el lavamanos y allí me incorporé. Me coloqué frente al sucio espejo y encendí la maldita luz. No pude evitar mirar mis ojos negros, mi espesa sotabarba casi alba y los agudos pliegues de mi veterano semblante. Sentí por un minúsculo instante una profunda quietud en mi interior, pero se desvaneció cuando miré mis ancianas manos.

Al ver toda esa sangre no pude evitar volver el estómago; me llegó un hedor insoportable, como a muerto. Abrí las llaves de agua y traté de quitármelo de encima, pero el carmesí no se iba, no me soltaba. Terminé metiendo mi cuerpo entero a la regadera. Estaba tan exasperado, tan exhausto. Silencié mi mirada y me dejé llevar por el sonido del agua corriendo, por la sensación de las gotas estallando con violencia contra mi fatigada y áspera piel, mientras mis ojos se humedecían de nuevo.

Creo que estuve allí un par de horas, pero no puedo estar seguro ya que había perdido el precioso reloj que me vendió aquel misterioso sujeto apenas dos semanas atrás, cuando recién bajaba del tren en este fatídico pueblo. Busqué una camisa limpia y me alisté lo más rápido que pude; debía marcharme esa misma noche.

Al final, faltando poco tiempo para el amanecer, tomé mi viejo abrigo de lana y mi sombrero borsalino y caminé hasta la puerta, completamente arrepentido, y con la intención de jamás volver. Una vez más metí las manos en mis bolsillos, ahora tratando de encontrar mis cigarros, pero en su lugar hallé aquella fina pluma fuente, cubierta con su sangre. Nunca antes había matado a una mujer.

Profunda Atenuación

Hace poco me di cuenta de algo que me conmocionó tremendamente, algo respecto a la amistad y a mi apreciación de la misma.

Recuerdo que solía tener un concepto muy concreto de lo que era un amigo, y de alguna manera, creo yo, tenía idealizada a la amistad. Solía decir que ésta era lo más valioso que en la vida te habrías de encontrar, y curiosamente, significaba muchísimo para mí.

Durante años siempre busqué a alguien a quien pudiese llamar mi ‘mejor amigo’. Es un término bastante interesante y complicado de definir; para mí no era más que un lazo especial, una persona que estaría a mi lado en cualquier circunstancia, y con quien podría contar siempre, alguien en quien podría confiar y con quien podría ser completamente honesto y tener lo mismo de regreso. A lo largo de mi vida aparecieron varias personas a quienes llegué a considerar de esta forma, pero lamentablemente, al final, se marcharon.

De alguna manera, poco a poco y sin darme cuenta, dejé de buscar a ese alguien. Con el tiempo mi concepto de lo que es un amigo sufrió una profunda atenuación. Recuerdo cuando sentía la necesidad de compartir mi existencia. Puede que haya sido locura, o un simple esfuerzo por combatir la oscura soledad, pero siempre busqué estar hombro con hombro con una persona significativa.

No me di cuenta durante el proceso, pero apenas hace unos días descubrí que he cambiado; me sorprendió hallar que ya no preciso de ese mejor amigo, ya no necesito de su compañía. Me he vuelto más solitario. Recuerdo que antes, cuando me pasaba algo trascendente, sentía que debía contárselo; me importaba su vida y ansiaba que de igual manera le importara la mía.

Curiosamente, ya no es así. No es algo que haya planeado; simplemente sucedió, y ni siquiera lo noté hasta ahora, tal vez ya demasiado tarde. Mi concepto de la amistad se ha desprestigiado enormemente, ha perdido intensidad y valor. Ya no es algo que marque mi vida, o que me haga sentir diferente.

La experiencia me ha enseñado que cada quien vive para sí mismo. Las personas que alguna vez contemplé como mis mejores amigos, en la actualidad ya no quieren saber de mí, o apenas y me hablan.

Puede que te hayas convertido alguna vez en mi mejor amigo, pero lamentablemente yo nunca lo fui para ti.

No sé si esté bien o mal, pero ahora miro en mi interior y descubro que ya nadie me interesa como solía hacerlo. El cariño que alguna vez sentí por los demás se ha ido desgastando hasta un punto cercano a su extinción. Pienso que es triste, pero a la vez, siento que no importa; simplemente ya no importa.

El lustro

Hoy se cumple un lustro. Son ya cinco años desde que escribí aquella Carta, desde que abrí este espacio y plasmé por primera vez lo que sentía, lo que pensaba. Son ya cinco años de reflexiones, de pensamientos, frases, ideas, sueños, sentimientos. A lo largo de todo este tiempo he vivido muchísimas experiencias y he crecido y madurado, en muchos niveles. Este día miro hacia atrás y me dispongo a recoger algunos pedazos, algunas de esas huellas que he dejado a lo largo del camino, en ésta, mi bitácora personal.

Hay tantos momentos en los que me he detenido a reflexionar sobre la vida y sobre otros miles de temas, sobre lo que son los Recuerdos y su verdadero valor; sobre la Soledad Revelada a la que estamos condenados en nuestra humilde existencia; sobre El Verdadero Objetivo  al luchar por nuestras metas; o sobre la típica interrogante, ¿quién Soy Yo? He tratado de desmigajar el concepto del tiempo, la verdad sobre El Pasado o lo implacable dEl Pasar de los Años, así como también lo que nos depara Nuestro Futuro. He llegado a frenar la vida por un instante, vaciar la mente y aguardar. Así descubrí aquel caos en mi existir, esos Pedazos de mí. O simplemente, de pronto, después de experimentar algún inigualable momento, me he parado a describir mi sentir en Ese Instante.

Pero además de cavilar y filosofar, de vez en cuando la inspiración me ha llevado a expresarme de una forma más estética, artística. Al principio, y por mucho tiempo, mi musa fue el dolor, y todavía lo es. Esos sentimientos tan densos, tan insoportables, son los me que han hecho plasmar gran parte de mí en este lugar. Recuerdo cuando me sentía Perdido, hace muchos años; cuando me sentaba al piano y dejaba derramarse mi llanto y mi Sangre en las Teclas, o cuando miraba en aquellos opacos ojos y descubría que Ya No Hay Nada.

Curiosamente algo en mí cambió y logré con el tiempo que un grandioso sentimiento me llevara a explicarle ¿Por Qué Nos Da Frío?, y ¿Por Qué Nos Da Calor? Lamentablemente la llama del amor se marchitó y entonces me vi atrapado en un complejo laberinto, en La Mazmorra de la desolación. Tuve que abrirme paso entre las alimañas, escapar de la oscuridad. Tuve que perderme en la penumbra y ocultarme entre las sombras, Justo Allí. Mi duelo interior, esa tremenda lucha entre el amor que todavía sentía por ella y el dolor de su partida, me hizo aventurarme a escribir mi primera obra mayor, la historia de una dulce joven que se perdía en el viejo bosque vasco donde habitaba La Mantícora. Tras su éxito, y siendo todavía víctima del inmenso dolor de su ausencia, decidí meses después revivir una ajada obra abandonada, aquella triste y fatal colección de Memorias de un Primer Amor.

Pero es cierto también que la imaginación, las situaciones cotidianas y las visiones nocturnas me han llevado a inventar pequeñas historias, a escribir por el simple placer de contar una anécdota ficticia o describir una escena misteriosa, como aquella noche en la que soñé que debía presentarme en un lugar a las 18:06, o la ocasión en la que imaginé lo que sería morir en completa soledad, lo que pasaría con El Cuerpo.

Miro hacia atrás en estos cinco años, leo de nuevo todo aquello que he dejado aquí en este lugar, a tu disposición, y de alguna manera me siento orgulloso de lo que he hecho. Hay mucho de mí vertido en este espacio, muchísimo. En ocasiones leo algo que publiqué hace varios años, por el mero placer de hacerlo, y me impresiono, me conmuevo. Es como si colocara mi pie sobre una vieja huella en el concreto, como si me mirara a los ojos en una antigua fotografía.

Muchos me han preguntado por qué decidí en primer lugar crear este sitio y dejarme reflejar en él. Mi respuesta es sencilla: quise compartirte un poco de mí, de lo más profundo, para dejarte una pequeña estela, una ligera marca, con la esperanza de que mi pasar por esta vida se quede en ti, dentro de ti.

Bella Armonía

Ella

Ya se encontraba en el vagón, tan linda, tan triste. Estaba ahí, de pie, apoyando su espalda contra las grandes puertas, sujetándose apenas. Si llamaba la atención no era por su belleza, sino por la nostalgia reflejada en su profunda mirada, realmente húmeda, fresca. Parecía que escuchaba música mientras su pensamiento deambulaba en la nebulosidad.

El ruido a su alrededor, la gente, el sofocante calor, el inevitable caos, nada de eso le perturbaba. Se hallaba perdida en su propio cosmos. Trascendentes letras e imponentes notas la conducían en aquel su pequeño éxodo. Meditaba sobre su vida, sobre su andar. Remembraba su pasado, olvidaba su presente, vislumbraba su futuro. Pensaba en tantas cosas y a la vez en ninguna. Se dejaba llevar por la bella armonía que sonaba sólo para sí.

A su lado podía percibirse una singular sensación, como de agua helada corriendo lentamente, como una gélida ventisca escurriéndose por doquier.

De un momento a otro, tratando de ocultarse en la penumbra, comenzó a llorar, en silencio y sin intenciones de darse a notar. Intentaba contenerse, pero era incapaz. El dolor era tan fuerte. Probablemente una canción muy significativa haya sido la culpable del colapso.

La gente iba y venía; subía y descendía del ajado metro de la ciudad. Todo cambiaba tan rápido a su alrededor, y ella seguía allí, recluida en su ser, drenando sus bellos ojos, silenciando a su corazón.