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4. Seísmo Implacable
Eran las seis con diez minutos cuando Salvador despertó de una cabriola, con la respiración perturbada y las pupilas colmadas de horrendo pavor. Su esposa y colega de trabajo, la profesora Ángela, se había levantado apenas dos minutos antes para investigar un misterioso ruido en la estancia que simulaba una enorme mano rascando la puerta, así que no estuvo a su lado cuando su esposo feneció entre sueños.
Se incorporó abruptamente, bajó los pies por el lado izquierdo de la cama matrimonial y corrió al lavamanos para empapar su rostro; su frente ardía. Y además, iba retrasado. Bajó las escaleras con astucia mientras se colocaba el gabán y subió a su moderno automóvil color arenisca donde le esperaba impaciente su mujer en el asiento del copiloto.
Salvador conducía con impericia, tenso, inquieto, tratando de mirar en todas direcciones a la vez, como si sus ojos intentasen abandonar su perturbado rostro. Para colmo, un par de calles antes de llegar al colegio donde ambos llevaban ya tantos años dando clases, se vieron obligados a tomar una ligera desviación ya que, por lo que alcanzaron a divisar a la distancia, había ocurrido un tremebundo accidente.
Por suerte, arribaron puntuales. Aguardaban impacientes dentro del cálido vehículo a que los guardias de seguridad abrieran los imponentes portones del estacionamiento, cuando de pronto, en la esquina opuesta de la acera, deambulando en esa dirección, apareció Dante, con las manos en los bolsillos de su opaca chaqueta. Salvador comenzó a transpirar descontroladamente. Se encogió de hombros y bajó la temerosa mirada esperando que aquella vil criatura no se percatara de su insignificante presencia. Por suerte para él, así sucedió.
Una vez que la amenaza se disipó en el callejón, el medroso profesor padeció por un momento, en lo más hondo de sus agitadas entrañas, un vasto pero efímero consuelo matizado con ásperos toques de taciturno pavor que se disipaba.
Una vez que ingresaron a las instalaciones, Salvador detuvo el auto en el espacio más remoto disponible, apagó con urgencia el airado motor y se quedó allí paralizado en su asiento, con las uñas de sus manos tratando de hallar un hogar bajo la piel de su regazo. Sus brazos temblaban y sus pupilas refulgían de angustia. Ángela, pensativa y preocupada, puso su mano sobre el hombro de su marido y le preguntó si estaba bien, pero no obtuvo respuesta verbal.
Después de un minuto de completo e incómodo silencio, los dos profesores salieron del vehículo y accedieron al edificio. Estaban justos de tiempo, así que tuvieron que caminar vertiginosamente por el pasillo central, donde no se distinguía en absoluto la recóndita atmósfera que revestía las veladas paredes en el nocturno delirio de Salvador. De hecho era todo lo contrario: la vegetación ornamental emanaba viveza y las desoladas aulas no se notaban tan lóbregas como las había imaginado.
Pronto llegaron a la sala de juntas justo para escuchar las últimas indicaciones: a partir de ese día los puntos de guardia de los profesores serían reasignados para el periodo de receso. Fue un gran alivio porque ya no se duplicarían las circunstancias del mal sueño.
Faltando medio minuto para el inicio de clases, y siendo escoltados por el mortífero alarido del timbre escolar, salieron los educadores a la explanada para tomar su lugar frente a las filas del alumnado. Salvador caminaba distendido y erguido, ostentando de nuevo aquella ridícula sonrisa que le había costado la muerte nocturna. Cuando lo advirtió, se exaltó un poco y decidió expulsarla de su rostro arrojándola contra la rigidez del piso y aplastándola para siempre con un desesperado pisotón.
Se apresuró entonces y se colocó en su sitio, pero estando ahí no pudo evitar volverse hacia la línea de segundo semestre, en busca de Dante. No lo advirtió en un principio, pero al final lo halló, camuflado entre sus frívolos compañeros, dialogando con su homólogo colega. Por un momento, el cándido profesor creyó ilusamente que en verdad gozaba de la habilidad de leer los labios como en su sueño, pero entones recapacitó y volteó en otra dirección, tratando de dejar atrás todo el asunto.
Las clases transcurrieron, una a una, aunque el tiempo andaba en tortuga para el desasosegado instructor de literatura. Segundo a segundo, podía palpar con firmeza el trastornado latir de su sofocado corazón mientras intentaba dar sus hastiadas cátedras desde lo alto, mal sentado en el margen del movedizo escritorio donde una vez el profesor de sociales casi se mata.
Después de la eterna espera llegó la hora del descanso, y como era de suponerse el colegio iberoamericano se sacudió sin demora. Salvador cogió su portafolio y caminó hacia el exterior con toda la disposición a establecerse como todos los días en la escalera principal, cuando recordó de pronto la reunión matinal y que ahora debía hacer guardia frente a las jardineras del sector poniente. Así que cambió de dirección y tomó asiento en un rincón con el designio de alcanzar la mayor visibilidad posible. Extrajo entonces de su maletín una suculenta y reluciente manzana cetrina, pero cuando quiso proporcionarle la primera mordida, un enigmático forcejeo lo inmovilizó, una especie de seísmo implacable que se engendraba justo en el centro de sus vísceras. Terminó olvidándose del fruto, y fijando la mirada en la lejanía, en busca de sus alumnos predilectos.
Sin percatarse de ello, una singular ansiedad comenzaba a cubrirle; no veía a Dante en ninguna parte, y eso le perturbaba de alguna manera, aunque sabía en el fondo que la ausencia del engendro podría ser una buena señal.
Una vehemente sensación de nerviosismo e histeria empezaba a colmar cada una de sus venas, mientras veladas visiones de su delirio entre sábanas se perfilaban brutales frente a su agostada mirada. Su tráquea comenzaba a obstruirse poco a poco, y su rostro se humedecía deprisa; no podía sacar de su cabeza la imagen de aquel despiadado monstruo arrancándole su preciosa vida.
Cerró los ojos e intentó serenarse.
Cuando volvió en sí, descubrió que todos se habían marchado. El descanso había terminado hacía casi una hora, y la vibrante agonía de la estruendosa chicharra estaba por advertirle a Salvador que la sexta hora había llegado y que era momento de enfrentar su destino.
Se incorporó con calma, sacudió su descuidado atuendo, ajustó su corbata, respiró profundo y se dirigió hacia el salón de segundo semestre.
Caminaba temeroso, concentrándose en lo absurdo de sus miedos y en lo desigual de las circunstancias, cuando de pronto recordó que llevaba consigo, en su maltrecho portafolio de cuero genuino, un filoso cuchillo de cocina que había tomado de casa esa mañana.
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